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ROSTRO

Muestra interactiva en el evento Prisma Octubre 2016

¿Qué significa un rostro?

por Santiago Mazzuchini


“Hace mil y mil años que el rostro humano viene hablando y respirando y uno todavía tiene la impresión de que no ha empezado a decir lo que es y lo que sabe.” El rostro humano, Antonin Artaud.
El rostro es un signo identitario, la marca corporal más fuerte de nuestra cultura. Una frontera que traza quienes somos pero que también nos dice mucho sobre los otros y sobre el mundo que habitamos. Un lugar y tiempo de un sistema simbólico, en el que los miembros de una comunidad –siguiendo al antropólogo David Le Breton– traducen sus emociones y comunican a otros.
Con el nacimiento del individualismo moderno, el rostro se ha convertido en un valor supremo, sagrado, porque tenerlo implica ser reconocido. No es casual que a quienes se les niega una identidad, se los imagina sin rostro; sin un rastro, entonces, de la más mínima singularidad.
Desde su nacimiento como valor de imagen, éste se ha convertido en pasaporte del reconocimiento.
Pero también es posible indicar que el rostro no nos habla de ninguna distinción individual. Si expresa la comunidad de sentido de la que somos parte, deberíamos decir que éste pre-existe a cualquier individuo, eso significa que proyecta una posición social [hombre-mujer-niño-policía-militante]. Hay retratos que han pasado a la historia por su carácter de arquetipo. Allí vemos la persistencia en cada stencil o en cada remera al Che Guevara, que nos sigue interpelando con su mirada de héroe, pero también de mártir. Lo mismo sucede sin lugar a dudas, y aún más hacia atrás, con la figura de Cristo. Por eso, Deleuze y Guattari afirman que el verdadero modelo de rostro es el de Cristo. Lugar sagrado y máquina de identidad que se reproduce incesantemente. Buscamos siempre, en todo aquello que nos parece confuso, un ordenamiento, un tipo de imagen que nos de claridad, aunque se encuentre allí el abismo, un desborde de afectos.
Sobre el cuerpo se han instalado una serie de gramáticas de rostridad, que detienen la potencia corporal. Con el rostro, la cabeza se separa del cuerpo y éste se rostrifica para así poder identificarlo mejor. Sin embargo, las máscaras carnavalescas de antaño mantenían unidas la cabeza al cuerpo, con la finalidad de evitar cualquier tipo de segmentación simbólica del cuerpo. Quien habita una máscara abandona el Yo, lo que lo distingue y separa, aunque el Yo no sea otra cosa que una invención creada a la luz de la mirada moderna, que ha querido unificar y normalizar.
El rostro, como dice Artaud, es una fuerza vacía, una muerte perpetua. Si éste no es otra cosa que la imagen por antonomasia de la identidad, podemos decir que en cada gesto y en cada suspiro, lleva consigo su propia muerte. Como lugar social, el rostro no es otra cosa que un simulacro, una máscara que no quiere decirse pero se muestra y marca que nosotros somos los otros.

Intervención del público:

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